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De Hollywood al Cielo

Por: Steve Wohlberg
Septiembre de 1979. Recién me había inscripto en la Universidad de California, a unos 45 minutos de las colinas de Hollywood, donde me había criado. Aunque era judío no sabía nada de las creencias religiosas. Mi estilo de vida se podría resumir en una frase: peligroso e inmoral. En un negocio de alimentos saludables conocí a Ricardo, un muchacho adventista que me invitó a su iglesia.

Dos semanas después me llevó a la Iglesia Adventista y me presentó al pastor J. Church, quien me dio una copia del libro El Deseado de todas las gentes de Elena White. ¿Quién era esa mujer? No tenía idea. Yo conocía a Mick Jagger, los Rollings Stones, John Travolta y las ‘discos’, pero nada de religión. Durante los seis años anteriores, desde mis 14 años, había estado fumando marihuana, aspirando cocaína, y bailando en las discotecas de adolescentes. Era un milagro que hubiera sobrevivido...

Me senté en mi habitación y miré sin interés el estante donde aguardaban los textos del primer semestre. Estadística y economía. ¡Puáh! ¿Dónde me he metido? Había elegido ‘marketing’ sin mucha reflexión, posiblemente porque mi padre era un hombre de negocios. Durante el verano había trabajado en Hollywood como extra en películas, pero me di cuenta que mis posibilidades de alcanzar estrellato y riqueza eran una fantasía inalcanzable. Entonces elegí estudiar. Mi habitación en el internado de la universidad era pequeña; cuatro paredes, dos camas, dos mesas, y una puerta que daba a un baño compartido. En teoría, estos internados son lugares donde estudiantes aplicados se concentran esforzadamente sobre sus libros, adquiriendo conocimientos útiles y siguiendo los pasos necesarios para alcanzar éxito en la vida. Pero en verdad, también son como agujeros donde frecuentemente se celebraban fiestas en las que muchachos y chicas se divierten. Esa era mi vida. Me rodeaban símbolos, sonidos y aromas de la vida desenfrenada se filtraban por debajo de mi puerta, se metían dentro de mi cama y entraban en mi cabeza. Me sentía solo, sin dirección y confundido.

Enganchado por un libro

Y ahí estaba El Deseado de todas las gentes. Los libros de clase demandaban mi atención, pero parecía que este volumen me hacía señas susurrándome, léeme. Por tres meses Dios había estado hablándome de diversas maneras y su voz fue haciéndose cada vez más audible. Todo comenzó durante una salida de pesca, cuando echando una mirada hacia una colina advertí las palabras “Arrepiéntete o perece” pintadas sobre una gran roca. Esto captó mi atención. ¿Qué significa? me preguntaba. En otro momento mirando televisión, mientras pasaba por distintos canales, apareció el programa Está Escrito. Un hombre llamado George Vandeman estaba hablando sobre el sábado. Sentía que durante esos últimos tres meses algo inusual estada sucediendo en mi vida. Varias circunstancias habían despertando mi conciencia somnolienta y por primera vez en mi vida había comenzado a pensar en Dios.

No recuerdo el día; lunes, martes o miércoles, pero en algún momento ese desenfrenado estudiante judío de 20 años, recién ingresado en una universidad estatal, sacó El Deseado de todas las gentes y comenzó a leer la historia de un hombre llamado Jesucristo. Antiguas profecías judías, Belén, un bebé santo, Nazaret, Juan el Bautista, una paloma descendiendo, parábolas, milagros, sanidad para el enfermo, y hasta gente levantada de la muerte! A medida que esta increíble historia se iba como desenrollando delante de mis ojos, quedé como seducido, enganchado por un libro. Jamás había oído nada de esto antes.

En corto tiempo me había deslizando a través de 73 suculentos capítulos de El Deseado de todas las gentes; algo inimaginable para alguien que no era un ávido lector como yo. De pronto llegué al capítulo que, aún siendo desconocido para mí, estaba destinado a cambiar mi vida. ¡Ay! ¡Esto va en serio! Debe haber pensado mi ángel demoníaco, mientras ángeles celestiales se me acercaban. El título del capítulo 74 tenía una palabra misteriosa: “Getsemaní”. Diez minutos después fui cautivado por el misterioso testimonio de un hombre de 33 años transpirando sangre en medio de una plantación de olivos. Con su rostro casi tocando el polvo, clamaba, “¡Oh, Padre mío! ¡Si es posible quita esta copa de mí! Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.

¿Qué está pasando?¿Por qué ese dolor y esa angustia? recuerdo haberme preguntado. Línea por línea, frase por frase, párrafo por párrafo, las piezas se venían juntando y allí sucedió el verdadero milagro. A pesar del consumo de droga, las adicciones, mi autosuficiencia y mi mortecina espiritualidad, comencé a entender la Palabra de Dios. Rayos de luz divina penetraron en mi mente oscurecida. Un poder invisible se puso a mi lado, allí mismo, dentro de mi habitación. Perdí control del tiempo y de todo. Únicamente percibía al hombre del Getsemaní, solo en ese jardín, sufriendo por mí.

Encuentro con el Hombre del Getsemaní

Poco antes del final del capítulo 74 me sentí completamente turbado. Debido a limitaciones de espacio citaré solamente dos párrafos:

“Apartándose, [de sus discípulos dormidos] Jesús volvió a su lugar de retiro y cayó postrado, vencido por el horror de una gran oscuridad. La humanidad del Hijo de Dios temblaba en esa hora penosa. Oraba ahora no por sus discípulos, para que su fe no faltase, sino por su propia alma tentada y agonizante. Había llegado el momento pavoroso, el momento que había de decidir el destino del mundo. La suerte de la humanidad pendía de un hilo. Cristo podía aún ahora negarse a beber la copa destinada al hombre culpable. Todavía no era demasiado tarde. Podía enjugar el sangriento sudor de su frente y dejar que el hombre pereciese en su iniquidad. Podía decir: Reciba el trasgresor la penalidad de su pecado, y yo volveré a mi Padre. ¿Beberá el Hijo de Dios la amarga copa de la humillación y la agonía? ¿Sufrirá el inocente las consecuencias de la maldición del pecado, para salvar a los culpables? Las palabras caen temblorosamente de los pálidos labios de Jesús: ‘Padre mío, si no puede este vaso pasar de mí sin que yo lo beba, hágase tu voluntad’.”

“Tres veces repitió esta oración. Tres veces rehuyó su humanidad el último y culminante sacrificio, pero ahora surge delante del Redentor del mundo la historia de la familia humana. Ve que los transgresores de la ley, abandonados a sí mismos, tendrían que perecer. Ve la impotencia del hombre. Ve el poder del pecado. Los ayes y lamentos de un mundo condenado surgen delante de él. Contempla la suerte que le tocaría, y su decisión queda hecha. Salvará al hombre, sea cual fuere el costo. Acepta su bautismo de sangre, a fin de que por él los millones que perecen puedan obtener vida eterna. Dejó los atrios celestiales, donde todo es pureza, felicidad y gloria, para salvar a la oveja perdida, al mundo que cayó por la transgresión. Y no se apartará de su misión. Hará propiciación por una raza que quiso pecar. Su oración expresa ahora solamente sumisión: ‘Si no puede este vaso pasar de mí sin que lo beba, hágase tu voluntad’.”

Al leer esta escena, brotaba en mí la idea que así como Jesucristo en el Getsemaní pudo hacer esa decisión clave de someterse a sí mismo enteramente a la voluntad de su Padre, yo también tenía la alternativa de someter o no mi vida a él. Por un lado me atraían con fuerza las drogas, fiestas banales, música rock y mujeres. Por otro lado estaba mi Salvador, el amor de Dios, y la vida eterna. ¿Que debía hacer? Tenía que elegir, ahora. Al contemplar a Jesús dispuesto a separarse de su Padre, yo hice mi decisión. Me derrumbé sobre mis rodillas por primera vez en mi vida, elevé una corta plegaria y le pedí a Jesús que fuese mi Salvador.

Una sensación de verdadera paz

No recuerdo lo que dije en esa corta oración, pero hay una cosa que recuerdo como si fuera ayer. Fue la sensación de verdadera paz que instantáneamente fluyó dentro de mi alma. No había sentido nada parecido a eso antes. ¡Esto es mejor que las drogas! pensé. Un peso agobiante había sido quitado. Mi esclavitud a las drogas, el alcohol y los vicios finalizó cuando una presencia sobrenatural entró en mí. ¡Era libre! Los psicólogos pueden no entender esto, los escépticos pueden negarlo, los que dudan podrán burlarse y los demonios despreciarlo. No me importa. Esto me pasó a mí y no hay fuerza humana o diabólica que pueda quitármelo. Hollywood despareció y el Cielo tomó su lugar. Pasé a ser un judío creyente en Jesucristo y en forma cabal.

En dos semanas, siguiendo el consejo del pastor de la iglesia, me encontré en la universidad adventista de La Sierra, preparándome para ser un pastor. Una de mis primeras clases se llamaba “Vida y enseñanzas de Jesús”. Imagínense cuál era el libro de lectura obligatoria: ¡El Deseado de todas las gentes!

Esto sucedió hace 27 años. La experiencia continúa. Mi libro De Hollywood al Cielo, revela muchos detalles que no alcanzo a explicar aquí pero lo resumiré en pocas palabras. Ahora soy el orador y director del programa White Horse Media en la Asociación Central de California, he escrito numerosos libros, pastoreado muchas iglesias, predicado para Amazing Facts, presenciado centenares de bautismos, producido programas de radio y televisión para 3ABN y Hope Channel. Estoy felizmente casado con una amorosa mujer adventista llamada Kristin Renee, y tenemos un hermoso niño de dos años llamado Seth. Como dice la canción: “Maravillosa gracia, que él salvó a un miserable como yo. Estaba perdido, pero he sido hallado; era ciego, y ahora puedo ver!” Debo todo eso a la misericordia de Dios.

Un amor que no quiere irse

Cuando tenía cinco años mi hermano Mike y yo fuimos a pescar con nuestro padre a la costa de California. Inesperadamente, mi apéndice sufrió una ruptura que en aquellos días era riesgo de muerte. Papá me llevó al hospital local, y dada la urgencia, me colocaron en una sala contigua a la sala de cirugía. Todavía recuerdo lo que pasó después. Papá me sostenía mientras yo me retorcía de dolor en sus brazos. Un desconocido con una máscara se aproximó y comenzó a tironearme para llevarme. “No! No! No quiero ir!” gritaba aterrorizado, mientras mis manitas trataban desesperadamente de aferrarse del cuello de papá.

Pero tenía que ir. Con inmensa dificultad (sólo puede entenderlo plenamente un padre), papá desprendió lentamente de su cuello cada uno de mis deditos para que el desconocido invasor pudiera llevarme. ¿Por qué fui arrancado de los brazos de mi padre? Para que el médico pudiese operar, quitar el apéndice, y salvar mi vida. En una escala infinitamente mayor, es eso exactamente lo que ocurrió con Jesucristo en el Getsemaní, y poco después estaba colgando de la cruz. El fue separado de su Padre. Y lo hizo para salvarnos.

No tengo idea qué está pasando contigo ahora. Quizás el alcohol, las drogas, el rock te están destruyendo. Ahora sabes que yo “he estado ahí y he hecho eso”. Sea cual fuere la situación que estás viviendo, sólo hay una solución permanente para tus dificultades. Sólo una respuesta para tus más profundas necesidades. Es el Hombre del Getsemaní. Lee El Deseado de todas las gentes. Lee tu Biblia. Lee la verdad.

Jesús te ama más de lo que las palabras pueden expresar. ¿Podrías invitarlo a tu corazón como yo lo hice?


Steve Wohlberg es orador y director de White Horse Media (www.whitehorsemeadia.com) Puede ser contactado en steve@whitehorsemedia.com. Su libro From Hollywood to Heaven (Pacific Press Publishing Assn., 2006) está disponible también en CD (http://www.advedntistbookcenter.com/).

Fuente: Dialogo Universitario
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