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El poder de un testimonio viviente

Por: Elena G. White
E ntonces los que temían a Jehová hablaron entre sí. Jehová escuchó y oyó, y fue escrito ante él un memorial de los que temen a Jehová y honran su nombre. Serán para mí especial tesoro, dice Jehová de los ejércitos, en el día que yo actúe. Los perdonaré como un hombre perdona al hijo que lo sirve”. Isaías no solo contempló la gloria de Cristo sino que también habló de él. Mientras David reflexionaba, el fuego ardió; entonces habló con su lengua. Al pensar en el amor maravilloso de Dios, no pudo sino hablar de lo que había visto y oído. ¿Quién puede contemplar por fe el maravilloso plan de redención, la gloria del hijo unigénito de Dios, y no hablar de ello? ¿Quién puede contemplar ese amor inefable expresado al morir sobre la cruz del Calvario, para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna, y no pronunciar palabras que exalten la gloria del Salvador? ¿Quién puede llegar a ser participante de su amor, y no admirarlo, reverenciarlo y adorarlo?

Al contemplar a Cristo, los que aman y temen al Señor serán llevados a congregarse y a hablar entre sí en palabras plenas de fervor. “Todo en él [es] codiciable”. Él es “distinguido entre diez mil”. “En su Templo todo proclama su gloria”. El dulce cantor de Israel lo alabó con el arpa: “En la hermosura de la gloria de tu magnificencia y en tus hechos maravillosos meditaré. Del poder de tus hechos estupendos hablarán los hombres, y yo publicaré tu grandeza. Proclamarán la memoria de tu inmensa bondad, y cantarán tu justicia […]. La gloria de tu reino digan y hablen de tu poder, para hacer saber a los hijos de los hombres sus poderosos hechos y la gloria de la magnificencia de su reino”. Tal será la conversación de los que se mencionan en las Escrituras: “Los que temían a Jehová hablaron entre sí”. Y se revela que Dios escucha sus palabras y las escribe en un libro.

Nuestro testimonio eleva

El testimonio de Juan el discípulo amado dice: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida –pues la vida fue manifestada y la hemos visto, y testificamos y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba en el Padre y se nos manifestó–, lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos para que vuestro gozo sea completo. Este es el mensaje que hemos oído de él y os anunciamos: Dios es luz y no hay ningunas tinieblas en él”.

Por cierto, los que hablan entre sí de la bondad del 
Señor tienen un elevado privilegio. “Pero vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Tenemos ricos temas en que pensar y de los cuales hablar, temas que interesan, animan y elevan el alma que en ellos medita. Si los testigos de Dios, los que están sujetos a su gracia, sobre los cuales resplandecen los brillantes rayos del Sol de Justicia, callaran, las piedras inmediatamente clamarían. Dios 
será glorificado.
 

Nuestro testimonio une

Si los miembros de la iglesia llegan a ser uno con Cristo, estarán unidos entre sí. Esta unidad será un testimonio 
viviente ante el mundo, del poder del evangelio. En 
completa unión, recibirán los resplandecientes rayos de 
luz del Sol de Justicia y esparcirán esta luz a un mundo en tinieblas. ¿Por qué no podemos ver, en las lecciones y en la oración de Cristo, qué podrían hacer los cristianos para 
estar en unión perfecta y así representar la gloria del 
Redentor?


Si los que creen en la verdad llevan la oración de Cristo a la vida práctica, crecerán en gracia y en el conocimiento de la verdad. Crecerán a la estatura de hombres y mujeres plenos en Cristo Jesús. Como creyentes en Cristo, han sido “edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo. En él todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu”.

El creyente en Cristo necesita entender la obra de los poderes de las tinieblas, que busca producir disensión y división en la iglesia, para que sus miembros no puedan mostrar la unidad por la que Jesús oró. El pueblo de Dios ha deshonrado grandemente su nombre y representado erróneamente la verdad debido a su alienación y falta de amor mutuo. Al enfriarse el amor de Dios, han perdido la simpleza infantil que vincula los corazones en amor y ternura. Se han vuelto duros de corazón y se han apartado de sus prójimos. Por sus acciones, muchos dicen que no les interesa la oración de Cristo. No se sienten bajo alguna obligación especial de amarse unos a otros como Cristo los ha amado. Poco puede hacer Jesús por estas almas; sus palabras y su Espíritu no tienen acceso a sus corazones.
 

Nuestro testimonio salva

Muchos están en tinieblas, y no saben por qué. No están en paz con Dios, no son uno con Cristo, ni están unidos entre sí. Parecen pensar que tienen la libertad de actuar según los sentimientos naturales del corazón. Sus palabras y sus acciones testifican que no desean estar en unión con los que no piensan exactamente igual que ellos, aun entre los creyentes. Pero todos los que cultivan estas ideas y atesoran sentimientos semejantes tienen que alcanzar la conversión. Necesitan vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios. La religión de Cristo no ha de ser controlada por impulsos.

El amor por los demás no se hará manifiesto por medio de alabanzas y adulaciones, sino en la verdadera fidelidad. Si vemos a otra persona en peligro, deberíamos decírselo clara y bondadosamente, aun a riesgo de su desagrado. Debemos apoyarnos totalmente en Dios; necesitamos orar mucho. Deberíamos sostener la verdad con firmeza, pero se nos pide que lo hagamos en justicia. Al hablar la verdad con fidelidad, deberíamos hacerlo con amor.

Este artículo fue publicado en The Present Truth [La verdad 
presente], 12 de enero de 1893. Los adventistas creemos que Elena White ejerció el don bíblico de profecía durante más de setenta años de ministerio público.


Fuente: Revista Adventist World
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