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El único amor que conozco

TESTIFICANDO CON AMOR: Dennis Wadley sostiene la mano de la enferma y le pregunta: “Miriam, ¿sabes que Jesús te ama?”
Por: Hein Von Horsten

Los primeros rayos de la aurora acariciaban las largas sombras de los 
 techos de chapa del asentamiento Phillipi mientras seguía a Dennis a través de las dunas, hasta una diminuta caseta de hojalata. En el aire se sentía un penetrante olor a humo.

La puerta chirrió cuando Dennis quitó la traba de alambre. Se agachó y miró hacia la penumbra interior. Su única mano aferraba una bolsa de plástico con las provisiones de la tienda. Lo seguí de cerca, mientras avisaba que habíamos llegado.

“Buen día, Miriam. Te vine a visitar y traje a un amigo”. Su voz puso calidez al aire frío de la mañana invernal. Dennis avanzó y se colocó junto a un lecho en las sombras. Yo apenas divisaba unos pocos muebles un tanto extraños.

A medida que me acostumbraba a la escasa luz, vi que Dennis estaba en un extremo, sentado junto a la cama de Miriam. En el extremo opuesto, vi una silla y una pequeña mesa de madera cubierta con un paño rojo.

Al estar allí en la penumbra de la caseta de hojalata, sentí un extraño sentimiento de incomodidad, que por un instante me remontó a mi niñez: a la casita de mi bisabuela en las praderas, a las sombras móviles de la luz de las velas y al temor a la oscuridad que me producía nudos en el estómago.

Fue entonces que vi los grandes ojos marrones de Miriam y sus maxilares prominentes. Dennis tomó su mano. Durante unos pocos momentos hubo silencio en la habitación, mientras veía cómo le acariciaba la cabeza con ternura.


La gente de Phillipi vive bajo las circunstancias más adversas, atrapada entre la pobreza y el SIDA. Cuando Miriam contrajo el virus, su familia la abandonó. No querían que los relacionaran con la enfermedad que había traído vergüenza a la familia. Temían el rechazo y el estigma de la comunidad, y la abandonaron para que muriera.


Dennis rompió una vez más el silencio: “¿Cómo estás, Miriam?”
Después de pasarse la lengua por los labios resecos, dijo: “Estoy muy cansada”. Dennis le seguía acariciando la mano.
“Te traje alimento para que te sientas mejor. Y quiero que conozcas a mi amigo Hein. Él vino a sacar unas fotografías. Voy a enviarlas muy lejos, para que otros vean cómo sufre la gente aquí, y acaso nos envíen donaciones para comprar medicamentos y alimentos. ¿Te parece bien?”
Dennis me hizo señas para que me acercara. Los ojos de Miriam me buscaron lentamente a través de la habitación, y al verlos me parecieron aún más grandes. Con gran esfuerzo levantó su mano a manera de saludo.
“Hola, Miriam”. Mi voz parecía ronca bajo el techo de chapa. No tenía deseos de acercarme más a la cama, y por ello comencé instintivamente a jugar con los botones de mi cámara. No sentía temor, pero repentinamente me pareció que la muerte, discretamente, quería colarse bajo las sábanas.

“Miriam, hoy he venido a ungirte”. La voz de Dennis era cálida y compasiva mientras se arrodillaba en el piso de arena. Mientras extraía la botella de aceite de girasol de la bolsa de plástico, los ojos de ella lo miraron.

“Miriam, ¿sabes que Jesús te ama?” Dennis estiró la mano y tocó su rostro. Mientras observaba en un silencio solemne, fue como si una voz me susurrara: “Quítate el calzado, porque donde estás es tierra santa”.

El silencio nos envolvió una vez más. Miriam miró hacia el techo mientras Dennis le sostenía la mano.

“¿Sabes que Dios te ama, Miriam?”
Ella se volvió lentamente hacia él. “El único amor que conozco –dijo– es el amor que ustedes me han mostrado”. Cerró entonces los ojos, y pude ver que lágrimas corrían por sus mejillas. Fue como si Alguien hubiera llenado ese hogar con su presencia; como si el silencio repitiera en eco la melodía de sus palabras: “El único amor que conozco es el amor que ustedes me han mostrado”.

Una vida de servicio
Conocí a Dennis Wadley por medio de Arthur Ammann, presidente de Global Estrategias Globales de Prevención del HIV en California, Estados Unidos. Dennis es director de “Puentes de esperanza”, un grupo internacional que busca infundir esperanza a los destituidos.

Dennis y su familia abandonaron las comodidades de su hogar en Santa Bárbara, California, donde era pastor de una iglesia grande y acaudalada, para ir de misioneros a Sudáfrica. Al igual que la Madre Teresa, él y su equipo han estado trabajando entre los pobres, en este caso de Phillipi. Han trabajado por los destituidos, los huérfanos y los enfermos de SIDA abandonados en medio de su lucha contra el flagelo, y los han atendido con tanto amor que han asombrado aun a los ángeles.

El más grande sermón
A menudo he reflexionado en mi experiencia de Phillipi y en las palabras que pronunció Miriam esa mañana invernal en su caseta de hojalata. Sin duda, es el sermón más grande que alguna vez escuché. Me impactó de manera muy significativa y me reiteró la antigua verdad de que en la vida no importa lo que sabemos sino lo que damos de nosotros.

Antes de vivir esos momentos había hecho un curso sobre “HIV/SIDA en los lugares de trabajo”, en la Universidad de Stellenbosch allí en Sudáfrica. Durante doce meses, los disertantes nos hablaron de los aspectos sociales, legales, físicos, emocionales y espirituales de la epidemia. Un año después recibimos nuestros bien ganados diplomas.

Pero fue solo en la caseta de Miriam un año después, que me enfrenté con la verdad: el verdadero amor altruista no viene envuelto en conocimiento, sino en la compasión que mostramos por los demás. El verdadero amor es la disposición de quitar las trabas de alambre de las puertas de los abandonados; de agacharnos en la penumbra de su sufrimiento; de sentir la arena bajo nuestras rodillas mientras nos postramos junto a los rechazados; de tocar con nuestras manos a los afligidos; de afirmar el amor y el perdón de Dios hacia los pecadores; de ungir a los parias de la sociedad, a los “sin castas”.

Los últimos rayos del crepúsculo de la historia de esta tierra están arrojando prolongadas sombras sobre el sufrimiento humano. En medio de las multitudes hedonistas de las ciudades, cada día somos testigos de los desechos humanos de la sociedad.

Si decidimos trabajar por los que han sido abandonados, rechazados y estigmatizados por causa del pecado, y si decidimos llegar hasta ellos con puentes de esperanza, también escucharemos las melodiosas palabras:
“¡El único amor que conozco es el amor que ustedes me han mostrado!” Entonces sabremos que nuestra vida no ha sido en vano.

Hein Von Horsten es un pastor adventista que se dedica al ministerio de atender al personal médico adventista que vive y trabaja en Sudáfrica.

Fuente: spanish.adventistworld.org

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