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Los zombis y la vida eterna


Por: Miguel A. Valdivia 

 L a serie The Walking Dead [Los muertos que caminan] de la televisión norteamericana ha tenido un éxito inusitado desde su primera temporada en 2011. Más de trece millones de personas ven cada semana las peripecias de un grupo de sobrevivientes en un mundo pos apocalíptico en el que la mayoría de los habitantes del planeta han sido infectados por un virus que los convierte en seres salvajes con un enorme apetito por la carne humana. Algo que imagino que muchos se preguntan es cómo es posible que asesinos tan lentos y vulnerables hayan sido capaces de aniquilar a la población casi total de la tierra en pocos meses.  
Desde la década de los 60, las películas de zombis han sido parte del cine estadounidense. Sospecho que se debe en parte a que es relativamente fácil encontrar a actores cuyo repertorio se limita a gruñir y a caminar sin doblar las rodillas y arrastrando los pies. Pero también es indudable que el público retiene cierta fascinación con el concepto de personas muertas en vida que están más allá del dolor y la culpa.

Algunos opinan que el público también disfruta de la fantasía de poder matar indiscriminadamente a seres subhumanos. Este interés renovado por los sangrientos cadáveres ambulantes quizá revela una preocupación instintiva por la destrucción de la humanidad.

Si ahondamos en el posible significado del fenómeno, podríamos suponer que el apocalipsis de los zombis presenta tanto la hecatombe como su solución. Provee una confrontación imaginaria con nuestros temores más profundos y nuestro instinto de supervivencia. En estas películas, los sobrevivientes son aquellos que permanecen en su grupo y son rápidos para huir y para emplear actos de violencia extrema y fulminante contra sus oponentes; los héroes son aquellos que protegen mejor al grupo.

 Otras propuestas para el fin del mundo en el cine no han tenido tanto éxito. La película 2012, que postulaba el fin del mundo por causa del calentamiento global y un trastorno total del clima tuvo poca aceptación. Quizá no apelaba al instinto de preservación con la fuerza dramática de los zombis.

 El fin de la historia es un tema universal, y quizá los temores iniciados por el 9/11, la crisis financiera y el desempleo han atizado en la gente la conciencia de un fin de todas las cosas. Haber visto la desaparición del Centro Mundial de Comercio en cuestión de minutos, tuvo un impacto psicológico profundo en las sociedades de Occidente. Desafortunadamente, muchos buscan una terapia emocional mediatizada de una guerra contra cadáveres que caminan, en vez de acudir a fuentes más seguras de información. El mundo no va a terminar con una invasión de zombis.

Según la Biblia, los autores de la destrucción final no serán los seres humanos, ni siquiera por causa de nuestro mal manejo del medio ambiente. El término “apocalipsis” ni siquiera se refiere estrictamente al fin de todas las cosas. La palabra griega original significa “revelación”, y se refiere a la “revelación de Jesucristo” (Apocalipsis 1:1). El fin de las cosas representa en realidad un nuevo comienzo (ver Apocalipsis 21:1-5). La Biblia presenta una vista panorámica de un terrible conflicto que se ha librado a lo largo de la historia entre las fuerzas del bien y la vida, y las fuerzas del mal y la muerte. En este conflicto, la lucha no es menos reñida que la guerra imaginaria contra los zombis.

Las Escrituras dicen: “Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Y aunque esta realidad es más temible que la ficción, el desenlace predicho por las profecías en la Biblia es maravillosamente optimista. La esperanza que refulge en el corazón del creyente es la anticipación del regreso glorioso de Jesucristo a esta tierra. Esta es la “esperanza bienaventurada” (Tito 2:13). La extraordinaria capacidad moderna para representar los temores y las esperanzas limitadas de la raza humana algún día enfrentará la realidad del desenlace verdadero de la historia.

Según la Biblia, cuando Dios al fin intervenga para reconciliarse nuevamente con sus criaturas, su actuación será inescapable. “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá” dice Apocalipsis 1:7. El Evangelio de San Mateo anuncia:
Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre… E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro (S. Mateo 24:27, 29-31).
Un día no muy lejano nuestra historia se detendrá. El dolor y la angustia terminarán. La violencia y la enfermedad se alejarán, y comenzará una nueva realidad. Ese día nuestros temores se disiparán ante la luz de un nuevo amanecer. Sin muertos de ningún tipo. 

 Sobre el Autor: El autor es director de EL CENTINELA. 

Fuente: El Centinela
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